El Polideportivo San Cristóbal, tras enfrentar varias promesas injustificadas de cierre por parte del gobierno de la Ciudad, pudo hacerse del terreno de manera definitiva.

Al Gran Poli San Cristóbal, ubicado en San Juan y Entre Ríos, asisten más de 100 chicos de Constitución, Monserrat, San Cristóbal y otras zonas aledañas. Funciona hace 24 años y ya es todo un emblema en el barrio.  Si bien la principal actividad del club es el fútbol (que involucra a fanáticos desde los 4 años hasta los 40), también se desarrollan actividades culturales, talleres y hasta charlas abiertas a la comunidad sobre drogas y distintas temáticas que afectan a los vecinos día a día.

El Poli, como le gusta llamarlo a su director Walter Tolosa, se encuentra debajo de una autopista. Todos los terrenos que están por debajo de las autopistas le pertenecen a la empresa Ausa, y son ella junto al gobierno de la Ciudad quienes deciden su devenir. Como las concesiones de terrenos están previstas que duren 20 años, en los últimos meses el Poli empezó a recibir visitas poco gratas con malas noticias y, además, pésimo trato.

“Primero vino una persona que no se quiso identificar diciendo que trabajaba para la ciudad y que en unos días nos teníamos que ir porque la concesión terminó y la gente de Ausa no quería que estemos más ahí”, narró Walter, y agregó: “cuando preguntamos a la gente de Ausa nos dijeron que eso no era cierto”.

En  una segunda visita, los funcionarios anónimos fueron a informar que los terrenos serían destinados a Metrovías, y les daban 48hs para irse. “A cada golpe que nos daban resistíamos haciendo cortes de calle con toda la gente del barrio”, informó Walter, quien añadió: “entre visita y visita aprovecharon una noche para saquear parte de las instalaciones, no tuvimos estufa ni inodoros por mucho tiempo”.

Esta metodología de destrucción edilicia para que no se puedan usar las instalaciones y se pierda el interés en el lugar sumó otro hecho: hacer que la zona parezca insegura quitando las pocas luces que había en la calle. Respecto a esta metodología mafiosa, Walter aclaró que “se acercaron varias instituciones contando que les había pasado lo mismo, lo importante es resistir”.

Ante la fuerte presencia de la gente del barrio y el apoyo de los distintos medios se acercó una vez más un funcionario a proponer una charla antes de un nuevo corte de calle. Walter confesó: “nos ofrecían mudarnos a una plaza  que no tiene ni la mitad de las cosas con las que nosotros funcionamos en el club. No tenía techo ni vestuarios, era ridículo”.

Ante la negativa de El Poli de mudarse, el apoyo de la gente del barrio y de los medios, el gobierno de la Ciudad tuvo que ceder. Hoy El Poli se levanta y da pelea: en lo estético, adquiriendo luces y mejorando la pintura de los exteriores, y en lo profesional, sumando talleres, charlas y actividades. “Hoy por hoy trabajamos y disfrutamos del club, aunque el miedo de cierre injustificado siempre va  a estar”, sentenció Walter.