Enojate, gritá, hacé berrinche. Mataron a una nena de 16 años en Mar del Plata. La mataron de dolor, dos hombres, dos, casi el mismo día en el que te enojabas por las pintadas. Volvete a enojar, hace los berrinches correspondientes, maneja el mismo patrón de enojo, porque el domingo encontraron a una mujer atada con precintos en una caja, muerta, la tiraron en un basurero. Dale, volvé a hacerlo, grita y escupí saliva, tragá profundo y volvé a gritar, pero hacelo, y hacelo cada treinta horas, porque cada treinta horas matan a una mujer. Tomalo como ejercicio, porque las mujeres ya lo están haciendo. Gritamos de bronca, gritamos porque tenemos tantas mujeres empastadas en la garganta, que la saliva se pone blanca y se transforma en rabia. Porque nos están matando.

 

 

Enojate, gritá, hacé berrinche. Mataron a una nena de 16 años en Mar del Plata. La mataron de dolor, dos hombres, dos, casi el mismo día en el que te enojabas por las pintadas. Volvete a enojar, hace los berrinches correspondientes, maneja el mismo patrón de enojo, porque el domingo encontraron a una mujer atada con precintos en una caja, muerta, la tiraron en un basurero. Dale, volvé a hacerlo, grita y escupí saliva, tragá profundo y volvé a gritar, pero hacelo, y hacelo cada treinta horas, porque cada treinta horas matan a una mujer. Tomalo como ejercicio, porque las mujeres ya lo están haciendo. Gritamos de bronca, gritamos porque tenemos tantas mujeres empastadas en la garganta, que la saliva se pone blanca y se transforma en rabia. Porque nos están matando.

 

Lucía Pérez era una nena de 16 años. Digo nena porque situándome con 10 años menos en la mochila, puedo entender la inocencia y las ganas de vivir que una tiene a esa edad. Rebeldía, idealismo, ganas de putear, enojarse, pelear, salir, vivir, eso, vivir, vivir con ganas y proyectarse en alguien mas adulto, pensar que es lo que vas a hacer y a ser cuando seas grande, ese concepto que se reduce a los veintitantos y después uno se da cuenta que tan grande no sos.

 

La vida siempre es para adelante, cada año que pasa uno puede hacer algo distinto, cambiar, volverse a enojar, putear, gritar, vivir. Eso, vivir. A Lucia, le arrebataron de la manera mas cruel y dolorosa todas sus proyecciones, toda su vida. Se lo quitaron como si todo eso no tuviera valor, como si ella no fuera una persona, como si ella no tuviera poder de decisión a su corta edad. Como si ella no pudiera decir “acá no”, “esto no”, como si no tuviera autoridad sobre su cuerpo, sobre su vida, sobre sus sueños. Le sacaron todos sus derechos. Todos esos que tenemos por la simple condición de ser personas, los hombres -y aunque algunos no lo crean y no lo puedan entender- las mujeres también.

 

La violaron. Sí sí, bien fuerte y amarillista. La sometieron a una agresión tan violenta, tan inhumana que su cuerpo no pudo contener tanto dolor, tanta bronca, tanto sufrimiento. Su corazón dijo basta. Sí, la mataron, le sacaron todo y la dejaron cuerpo. La bañaron, la vistieron y la arrojaron en un Hospital. Impunes y estúpidos, creyendo que su cuerpo no se iba a transformar en grito.

Cómo no tener empatía, como no sentir dolor, impotencia, como no masticar bronca y tener ganas de pelear, de disputar sentido, de hacer entender que nos están matando, que nos están cosificando, que nos están transformando en una estadística perversa, que nos cuenta en cuerpos y no en vidas. Cómo no enojarse, busquemos una sola explicación para no hacerlo, para no sentir aflicción. Cómo no proyectarse y pensar que siendo mujer una tiene casi los mismas probabilidades de terminar en una caja, atada con precintos, violada, torturada. Cómo no gritar, cómo no organizarse, cómo no luchar.

 

En la Argentina hay un femicidio cada treinta horas. Cada treinta horas una mujer deja de ser persona de derecho y se transforma en desecho. Esta estadística cruza cualquier barrera: no importa la edad que tengas, de la clase que vengas, no importa si sos pobre o sos de clase pudiente, no importa si estudias o no, no importa nada, porque no importa lo que quieras, lo que desees o elijas, ninguna decisión está en discusión. No elegís, porque no se tiene en cuenta lo que anheles, aspires, pretendas, quieras o ames, desees o prefieras. No importa nada.

 

 

Es sabido que el sistema en el que vivimos es cruel, es perverso e injusto. Sabemos que a lo largo de nuestra vida pasamos por distintas instituciones, nos armamos de pretensiones y buscamos elecciones dentro de un abanico cerrado, opresor y desigual. Sabemos que la injusticia nos cruza en cada instante, vemos el hambre, la desidia, la corrupción. Vemos la policía con garrote y las multitudes exigiendo sus derechos. Sabemos que cada paso que damos y cada logro que tenemos es resultado de una lucha que nace desde las entrañas viscerales por la realidad que nos cruza y nos enmarca. A nosotras, las mujeres, nos ponen y exhiben como carne débil, en estereotipos chatos y frágiles: somos las susanitas, somos las que limpian y cocinan, somos las que no deciden, las que acatan, somos muñequitas, somos princesitas.

 

Pero no, pará, no somos nada de eso. No queremos serlo, no lo vemos, no lo sentimos no lo anhelamos. Queremos salir, queremos estar livianas de ropa, queremos disfrutar del sexo, enmarcarnos en relaciones, salir de ellas, viajar, viajar solas, con amigas, queremos caminar por la calle sin tener preocupaciones, tomar cerveza, fumar un porro, queremos hacer y dejar de hacer, queremos decidir sin que nada de eso se transforme en tiro al blanco, un juego machista y misógino que tiene como habilidad la puntería de despojarnos de todo y transformarnos en carne muerta. En cuerpo y no en vida. Nos queremos vivas.

Lucía Pérez es tu mama, es tu hermana, es tu prima, tu amante, tu novia, es esa mujer que te cruzas en el almacén, en la calle, el colectivo, en la facultad, en el trabajo. Es una mujer y es miles de ellas. Es una chica que tenía sueños, tenía una vida, larga, bien larga. Tenía que equivocarse, como todas, y seguir adelante. Tenía esa incertidumbre que nos acompaña a todas, en todas partes, tenía todo y al mismo tiempo no tenia nada. Pero Lucia ya no es más vida, ahora es cuerpo, y la responsabilidad de que así sea fue de la mano machista, misógina, que desea a la mujer con odio y que no entiende que somos personas, mujeres, con derechos, con vida.

Gritemos bien fuerte, escupamos saliva, que nuestra garganta se ponga roja de tanta fuerza y tanto dolor. Gritemos. Gritemos porque Lucia grito tanto pero tanto, tuvo tanto dolor en sus gritos, que no podemos ser mas que carne y cuerpo de lucha para que se escuche el grito de cada mujer que muere, ahora y cada treinta horas.

Vivas y libres nos queremos!.