El Grito del Sur dialogó con cinco trabajadores de distintos puntos del país y de distintas ramas productivas que se movilizaron ayer. Durante el acto, en camino al ministerio de Producción y al desconcertrarse, se expresaron sobre la situación del empleo, la conflictividad laboral, la convocatoria al paro general y la conducción de la CGT.

 Foto: Emergente.

Los de abajo (del escenario) piden paro, los de arriba (del escenario) no les dan. Se gritó abajo, en casi todas las columnas: “¡paro general!, ¡paro general!”. Y se escuchó desde arriba, en boca del triunviro Héctor Daer, diputado nacional del Frente Renovador y líder del gremio de la Sanidad: “Vinimos a expresar nuestro malestar, no a poner una fecha”. Y en boca del triunviro Carlos Acuña, secretario general del Sindicato de Obreros y Empleados de Estaciones de Servicios, Garages, Playas de Estacionamiento y Lavaderos, ex ladero de Luis Barrionuevo: “Esta CGT le va a poner fecha a un paro nacional antes de fines de marzo o a principio de abril”. Y en boca del triunviro Juan Carlos Schmid, secretario general de la Confederación Argentina de Trabajadores de Transporte y representante del ala moyanista: “Venimos a anunciar medidas de fuerza por la brecha social. Será a fines de marzo o principios de abril”.

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Darío Ibarra, 56 años, padre de dos varones, obrero en la fábrica de colchones Limansky, donde se emplean 600 personas. Viajó 600 kilómetros desde Rafaela, Santa Fe, para escuchar frente al Ministerio de Producción las palabras mágicas que nunca fueron pronunciadas. “Mirá todos los que somos”, le dijo a El Grito del Surmientras señalaba la multitud que a su alrededor comenzaba a desconcentrarse sin entusiasmo. “Era una oportunidad histórica para convocar a toda esta gente a una medida de fuerza nacional, pero se desperdició”. “Ya es mucho tiempo de diálogo con el Gobierno, de pedir que las cosas cambien”, opinó después. Dentro de todo, explicó, Rafaela, uno de los polos productivos más importantes del país, “todavía se sostiene pese a la crisis” aunque, de persistir la política económica, “se va a empezar a caer todo en un efecto dominó”. Algo de eso sabe él, que lo vivió en el 2001. “No se puede esperar más. No puedo creer que me vuelvo sin una fecha de paro”, insistió antes de replegar con su columna.

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Pablo Moyano pasó como un rayo, rodeado de la seguridad de Camioneros, entre las columnas abiertas y en repliegue, sobre Diagonal Sur, de las distintas seccionales de la UOM. Para recorrer la distancia entre el escenario, sobre Moreno (donde hubo piñas) y la Avenida Belgrano se topó con varios metalúrgicos. La pica entre ambos gremios es vieja y conocida. Algunos, gritando, le recordaron el apoyo de su padre a Mauricio Macri. La cosa no pasó a mayores. Facundo Florida, delegado desde 2009 de sus compañeros de depósito de la sede de la empresa de notebooks Banghó en Florida, Vicente López, siguió de cerca la escena con una sonrisa socarrona. De todas formas, resaltó a El Grito que “lo que debe primar ahora es la unidad”. En algo coincidieron ambos, camioneros y metalúrgicos: había que ponerle fecha al paro. “Hay mucha gente sin trabajo, hay tarifazo, hay techo a las paritarias, hay inflación, se destruye la industria nacional. No sé qué estamos esperando”. La fábrica donde trabaja, en crisis por la quita del impuesto a la importación de computadoras personales – el arancel pasó del 35 al cero por ciento –, estuvo tomada hasta el mes pasado. El despido de 238 de sus compañeros está latente. Tras la medida de fuerza, y mientras negocia con el ministro Francisco Cabrera, la patronal concedió. Hubo conciliación obligatoria, que se extenderá al menos hasta abril. En lugar de quedar en la calle, explicó Facundo, van a trabajar sólo los jueves y los viernes. Pero no hacen nada. “La producción está parada”, contó. ¿Y la CGT? “La CGT está vendida”, protestó. Minutos después el escenario era copado por cientos de trabajadores, en su mayoría de sindicatos pequeños pero combativos, por militantes kirchneristas de base y de la izquierda, quienes, todos juntos, hicieron su propio acto. El grueso de los movilizados ya estaba de regreso a casa.

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Héctor Araujo tiene 29 años y desde enero está sin trabajo. Milita en la seccional Rosario de la UOM. Es uno de los 170 metalúrgicos de la fábrica de neumáticos Metro Weels, de capitales alemanes, que arrancaron el 2017 en la calle. Mezclado entre unos 300 de los suyos, apenas a 20 metros del escenario donde ya hablaba Carlos Acuña, contó a El Grito que pese a que sus compañeros de trabajo y él ni siquiera recibieron un telegrama de despido y no cobraron diciembre ni el medio aguinaldo, no iniciaron medidas de fuerza. “Es complicado, todo el gremio está muy mal allá”, explicó. De fondo, llegaban las (breves) palabras del primero de los oradores de la tarde. Nadie lo esperaba: todo se adelantó una hora, lo que hizo que muchas columnas se perdieran las palabras de los dirigentes. Tampoco a 30 metros se oía demasiado: los bombos no dejaron nunca de sonar. Las banderas de los gremios tapaban la visión, por lo que las voces amplificadas llegaban desde un lugar impreciso antes de perderse entre el ruido de la gente. “Hace un año cayeron las ventas. Entonces dieron de baja el turno noche. A mitad de año pasó lo mismo con el turno tarde. En enero ya no quedaron turnos”, dijo.

“El presidente dice que hay que esperar, que la economía va a repuntar”. inquirió El Grito del Sur.

“Pasa que el Presidente no vive la realidad que vivimos los laburantes”, contestó Héctor. “Vive en una realidad totalmente diferente, no sabe lo que es laburar, mantener a los pibes, pagar el alquiler, hacer malabares para llegar a fin de mes. Vive en otra realidad, viaja en limusina y nos habla desde arriba”.

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Jonathan Peña también tiene 29, una hija de siete y vive en el barrio Victoria de José C. Paz. Viaja una hora y media todos los días hasta la planta de Hidromet en Vicente López, donde trabaja hace siete años. Hidromet es una Pyme que produce artículos de grifería y emplea a 70 personas. “El patrón, medio en joda, nos dijo que él nos pagaba los micros si protestábamos contra Macri”, se rió. También pasó por un conflicto reciente: a principios de año la patronal, afectada por la apertura de importaciones en su sector, ofreció suspensiones a cambio de despidos. El porcentaje del sueldo ofrecido durante la suspensión, un cincuenta por ciento sobre un básico de 11 mil pesos, no convenció al sindicato. No hubo arreglo y, por ahora, todo sigue igual, atado con alambre. “Hasta ahora no hicimos nada. Hay que pararlos de una”, dijo sobre el Gobierno, al que reconoce haber votado, como muchos de sus compañeros. “Tenemos mucha bronca, siento que nos están cagando”, resumió.

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Leonardo Vallejo es ferroviario, tiene 40 años. Trabaja en el Ferrocarril Roca, es delegado. Está apurado: el acto terminó hace media hora, el escenario se convirtió a esta altura de la tarde en una fiesta para los recién llegados, en su mayoría sin pecheras ni globos aerostáticos, que cantan “ponele fecha la puta que te parió” y “unidad, de los trabajadores”, mientras sacuden como un trofeo el atril con el logo de la CGT desde el que habló el triunvirato. A Leonardo se le va la columna cuesta abajo por Diagonal Sur, pero hace un alto para hablar con El Grito. “Nosotros, despidos, nada, se sabe. Estamos acá mas que nada porque creemos en la unidad de los de abajo, en solidaridad con el resto de los trabajadores y porque de ninguna manera vamos a aceptar un techo del 18 por ciento”, contestó. “Alguien tiene que parar a este Gobierno. Yo esperaba un paro, pero acá hay mucha política”, sostuvo. ¿Todos los ferroviarios apoyan la candidatura de Randazzo? “Para nada”, acentuó. ¿Y a CFK? “Tampoco. La cosa para nosotros pasa por alguien del peronismo que sabemos todavía quién es”.