Las tomas generan un fenómeno mediático en el que muchos hablan sobre lo que pasa dentro pero pocos se toman el trabajo de recorrerlas para saber lo que pasa en ellas. En estas líneas se vuelca la experiencia en primera persona de una toma como cualquier otra.

Cuando iba al secundario, privado y católico, en el barrio de San Cristóbal, hace más de diez años, detestaba los lunes. Siempre comenzaba la mañana con dos horas de matemática o química, o peor aún: física. La profesora de esa materia se llamaba Elda y se parecía al ex jugador alemán de fútbol Bernd Schuster, por lo fría y raspante de sus clases. Lo único que me preocupaba ese día era que llegara el mediodía para irme a mi casa, a tres cuadras. Pero hoy es lunes, son las nueve de la noche y estoy parado frente a un colegio donde voy a pasar a la noche. 

La Escuela Técnica N° 6 “Fernando Fader”, de Flores, es uno de los treinta colegios secundario de Capital que estuvo tomado por sus estudiantes a modo de protesta por la reforma educativa, más conocida como la “Escuela del Futuro”, que el Gobierno de la Ciudad planea impulsar.

Al Fader se entra por un pasaje estrecho, iluminado por luces naranjas que forman un camino lúgubre hasta la puerta principal del colegio, fundado en 1910. Afuera me recibe Catalina, guía en mi primera noche de toma. Pero antes de ingresar, un grupo de cinco alumnas postradas en la puerta me piden mis datos: “Nombre y apellido”, pregunta una y anota en una larga lista. “¿Te quedas a dormir?”, dice y con una voz liviana, insegura, le respondo que sí. Atrás de ellas, una persona que trabaja de seguridad.  Mientras hacemos el primer recorrido, Catalina, de 17 de años, me explica. Todos me explican. “Ellas son de la comisión de seguridad. Tenemos también de cocina, limpieza y actividades. La organización es la base de todo lo que hacemos”.

Es una escuela robusta, con las puertas de sus aulas largas hasta el techo y ambientes tan abiertos como salones de una casa colonial. Desde el ocho de septiembre sus alumnos duermen dentro como medida de fuerza y hoy es su última noche. No así, la menos importante. “Tenemos que entregar el colegio limpio mañana. Ya hicimos los turnos de limpieza de los baños, pintamos las paredes de las aulas que estaban desgastadas y revocamos un poco también”, me siguen explicando.

Me llevan a mi cuarto, un aula con colchones y bolsas de dormir desparramados entre sillas y pupitres. “A las diez, cuando escuches el timbre del recreo, se sirve la cena en el patio”, dice Catalina. El mismo timbre que me salvaba de las piernas del alemán Schuster en las horas de física, pienso. La escuela está orientada al diseño. Las y los jóvenes estampan en sus paredes dibujos, murales y figuras abstractas, pero en sus pisos no hay retazos de pintura salpicada o látex volcado. Está limpio.

El patio es el principal lugar de encuentro en la toma. En medio de una pared, hay un cartel con las normas básicas de convivencia. Al lado, se ve un grupo de pibes andando en skate, otros con guitarra, muchos pintando. Mientras tanto, pienso en lo que yo sé de una toma escolar: nada. Repaso, entonces, los medios: El Ministro de Justicia, Germán Garavano, dijo que es ilegal y reprobó la decisión de no desalojarlos, ya que por su culpa muchos chicos se quedan sin clases. El Jefe de Gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, dijo que las vías de dialogo son importantes, pero que la reforma no se discute y solo están retrasando la medida. El Fiscal porteño Carlos Sasturián afirmó que los chicos de 16 y 17 años son imputables por las tomas y sus padres también. Comprendo, entonces, que no soy el único que desconoce lo que es una toma.

Son las diez de la noche y Roma, una alumna, está en el patio sobre una escalera de madera pintando en la pared. Está retocando una pintura de Carlos Gardel. Tiene la piel morena, el pelo recogido, lentes anchos y usa un overol salpicado de pintura, como escupitajos de colores. Es su último año en la secundaria: “Quería terminar lo más temprano posible para irme a viajar, ahora se retrasó. No estoy a favor de la toma, pero voy a estar siempre con mis compañeros. Acá juntamos cultura y amigos. Hacemos actividades, nos relacionamos. Es bastante liberador”, cuenta mientras resalta con un pincel fino los dientes en la sonrisa de Gardel. El timbre suena y una fila en orden se forma en el ingreso de la “cocina”. Se sirven platos de fideo con salsa de zapallo. Los chicos y las chicas de la cocina preguntan si alguien es celíaco varias veces, porque también se los tuvo en cuenta a la hora de preparar la cena. Los platos, piden, que se los devolvamos limpios después de comer. En la fila me encuentro con Alejandro, uno de los tres padres que se quedaron a dormir esa noche. “Lo único que siento es orgullo por estos pibes. Tienen una cabeza tremenda y eso es lo que le molesta al Estado. Que piensen tanto. Hay futuro asegurado” dice, cuando su plato caliente humea.

Ya son las doce de la noche y sigo paseando por el colegio. Veo una frase pintada, como un aforismo, por los techos: “El que no se mueve, no escucha el ruido de sus cadenas”. La consigna se me queda en la cabeza y continúo caminando hasta que un megáfono convoca a todos y todas a juntarse en el medio del patio: ASAMBLEA!. Casi 70 alumnos se ordenan, formando un circulo. Una de las oradoras recuerda que mañana hay que levantarse temprano para limpiar, pero también resume los últimos días de toma: “La unión que sentimos fue enorme. Somos como una familia. Pero no hay que bajar los brazos. La patria es suya”.

Son casi las dos de la madrugada, el patio va mermando de gente. La toma anuncia sus últimos suspiros. Por la tarde se deberá entregar el colegio en perfectas condiciones. Pero al costado de una escalera, un alumno todavía sigue pintando. Está haciendo un graffiti, como los del barrio Harlem, en Nueva York. Le pregunto si no tiene sueño y me contesta que no sin mirarme, con los ojos fijos en el dibujo, como si fuera el último día que va a pintar: “Aprendo más en las tomas que en clase. Vengo acá y dibujo, charlo con mis amigos. En clase tengo matemática, es como una patada en los huevos”, dice. Si, te entiendo, le respondo. “Como la patada de un alemán”, finalizo.