“Hace siete años que vengo a dormir acá. El techo te cubre de la lluvia y ves toda la plaza”, dice Andrés, 32 años, acostado sobre una lámina de cartón, con las piernas cruzadas, los pies descalzos y la mirada fija en la Plaza Miserere, como cada noche desde hace seis años.

La avenida Pueyrredón nace con cucarachas en los pies. En la esquina con Rivadavia, en  el barrio de Balvanera, Andrés descansa en la Recova sobre cartones con la palabra “frágil”, mientras una cucaracha roza sus pies descalzos. No se inmuta. Parece no importarle. Coloca sus manos detrás de la cabeza, estira las piernas y ve brillar la Plaza Miserere hasta quedarse dormido, como todas las noches desde hace siete años.

Cien metros de largo. Veintiocho columnas. Un mismo techo. La Recova se construyó en las épocas coloniales de 1873. Ahí funcionó primero el mercado de  Los Corrales de Miserere y luego el Mercado Once de Septiembre, donde transitaban carretas cargadas con fruta para vender. A partir de 1882, comenzó a abrirse al público luego de que el Club Industrial inaugurara una exposición a la que asistieron países como Inglaterra, Alemania y Francia. Ese mismo año, el Intendente Torcuato de Alvear decide la construcción de una plaza, justo en frente: la “Miserere”.

Hoy, la Recova funciona durante el día como un paseo comercial con diecisiete locales, uno al lado de otro. Desde afuera, se leen las ofertas: 3×2 en zapatos de cuero, 2×1 en lencería erótica, 4×3 en cuadernos de tapa dura.  Incluso, asesoramiento jurídico en caso de accidente de tráfico. Sus clientes, la mayoría del interior del país, compran la mercadería para luego venderla en las provincias.  Caminan, miran, regatean precios. El paso es lento. Cien metros repletos de gente con bolsos que no cierran y mochilas infladas. Pero después se vuelve una pasarela desolada. Los locales cierran. Las luces se apagan.  Primero llega uno, luego otro. Son seis, nueve, doce.  Se acomodan en el piso, con una o dos bolsas de consorcio, y pasan las noches. Como si fueran fieles huéspedes.

A las ocho de la noche el último local de la Recova baja su persiana eléctrica con un ruido estrepitoso. No hay clientes, ni vendedores. Andrés, de 32 años, está acostado sobre una lámina de cartón, con las piernas cruzadas, los pies descalzos y la mirada fija en la Plaza Miserere. Es flaco, casi escuálido, y tiene un bolso de mano donde guarda sus únicas pertenencias. “Hace siete años que vengo a dormir acá. El techo te cubre de la lluvia y ves toda la plaza”, dice, mientras una cucaracha se acerca a sus pies. “Hay varias ranchadas que paran siempre”. La cucaracha sube al cartón.  “Acá somos cinco y por allá hay unos viejos”.  Andrés sigue hablando y con un movimiento leve de tobillo zafa de las patitas marrones que acarician sus pies. Más adelante, entre las columnas, una anciana aparece. Camina pausada y con pasos marcados hacia la persiana de un local, cargando en su espalda una bolsa de consorcio negra y abultada. La Recova recibe su próximo huésped.

Berta, de 70 años, con una campera gruesa y negra que le llega hasta los tobillos, se sienta sobre  la bolsa de consorcio como si fuera un sillón.  Dice, con una sonrisa, que la brujería existe, mientras peina su pelo gris y ondulado con los dedos. Le robaron todas sus pertenencias del cuarto del hotel donde estaba durmiendo, se quedó sin plata y hace tres meses que duerme acá, siempre junto al enrejado del mismo local de zapatillas deportivas. Su hermana, único familiar que le queda, vive en una casa en Villa Ballester, pero no puede recibirla. Durante el día “patea el barrio”. No dice más. Pero insiste: toda la culpa es de la brujería y de una amiga suya que le hizo una maldición.  “Fue ella. Todos lo saben. La van a matar y va ir al infierno”. Ahora se para. Empieza a limpiar la vereda. Usa un pedazo de cartón como escoba, se agacha y barre. Papeles, latas, botellas de plástico, más cartón. Berta junta toda la basura que la rodea y la deposita con sumo cuidado en uno de los tres containers que asoman sobre la avenida. Repite la secuencia varias veces. No deja ni un solo papel a la vista. Cuando se agacha, arrastra su campera por el piso. Con una mano, sostiene firme el cierre a la altura del cuello. No la despega de ahí. En un intento por levantar páginas sueltas de un diario, la holgada campera se abre. Debajo, Berta, está desnuda.

Al lado, Petrona, de 80 años,  con una remera verde que dice “No Strees”, duerme dentro de una caja de cartón de papas “Mc Cain”, con los pies para afuera, acurrucada como si estuviera en una cuna. Tiene la cara cubierta de arrugas, en pequeños trazos rectos, y el pelo lacio y blanco. Hace siete años que pasa la noche en la Recova. De día se dedica a sus ocupaciones, pero se molesta si le preguntan cuáles son. Es de Corrientes. Quiere volver para encontrarse con su único hijo, pero no tiene plata. Él tampoco la busca. Dice que le duele la espalda. “¿Sos de la iglesia universal?”, pregunta, mientras cierra los ojos y frunce la frente en un gesto de dolor cada vez que se mueve para acomodarse. De la nada, su vecina Berta lanza un insulto al aire. Grita que le robaron. Que le falta una bolsa con comida. “¿Quién mierda fue?”, “Hijos de puta”. Petrona la mira de reojo. Berta le devuelve una mirada escrutadora. La primera cierra los ojos e intenta dormir. La segunda se sienta, cruza los brazos y afina la mirada en las pertenencias de Petrona.

Horacio Ávila tiene 54 años y es uno de los fundadores de Proyecto 7, una ONG creada luego de la crisis de 2001 por personas en situación de calle que luchan contra la problemática habitacional: “La situación actual es muy mala y ha aumentado significativamente en los últimos ocho meses. No hay construcción de viviendas sociales por parte del Gobierno de la Ciudad. La Ley 341 de Cooperativa de Vivienda está parada. No hay fondos y los hoteles están colapsados. Cada vez es más la gente que pasa la noche en la calle”, dice Avila, que entre 2002 y 2007 durmió entre plazas y umbrales de edificios porque los trabajos que hacía no le alcanzaban para pagar un alquiler. “Es típico ver gente en la Recova. Es un lugar para pasar la noche. Están refugiados y nadie los molesta, pero no es fácil. No hay que naturalizarlo.  Esta es una crisis producto de la perspectiva macrista. Es una ciudad para pocos. No es para la clase obrera y marginada. El Estado debe focalizar en modalidades de integración, pero sólo aplica políticas restrictivas sociales y económicas”.

Jueves. Siete y cuarenta de la noche. Los locales se preparan para cerrar. Un vendedor, moreno, con remera al cuerpo y jean chupín, fuma un cigarrillo afuera y cuenta que el día fue flojo. Esperan el fin de semana para repuntar. “La gente anda cuidando el mango”, se sincera. Termina el pucho, tira la colilla al piso y entra. Ocho y veinte. Sólo se ven las rejas de los locales. La pasarela está vacía y hay un silencio helado. Parece que nadie vendrá,  que hoy no se cumplirá la maldición. Hasta que un ruido de hierros rayando el piso retumba por el medio.

Para atrás, para adelante, para atrás. Ramón, 74 años, intenta subir el cordón de la Recova en una silla de ruedas, percutida y ruidosa. Empuja fuerte con sus brazos y se inclina hacia delante para ayudarse con el peso, mientras las ruedas se encallan en el borde.  Tres años atrás, Ramón Barrionuevo caminaba y tenía un techo. Vivía en su casa de Villa Luro, pero tuvieron que venderla. “Cosas de la familia”, explica. Hace un año que duerme en la Recova. “Hoy pido plata y cuido coches. También vendí garrapiñada. Hice de todo”. Es pelado y usa una camisa leñadora y un pantalón bordó, con la manga izquierda recortada hasta la rodilla. Perdió su pierna por la diabetes hace dos años y desde entonces se traslada en una silla de ruedas. “Me cuido solo, no necesito de nadie”, dice mientras busca una taza entre sus bolsas. Tiene un termo con agua caliente que le dejaron los de la iglesia evangélica de Balvanera. Se quiere hacer un té antes de dormir. Pero su taza no aparece. Busca. Se enerva. Putea. Acomoda la silla mirando a la plaza, se queda quieto e inclina la cabeza para un lado. Duerme siempre sentado, dice, por miedo a que le roben su silla y tenga que arrastrarse.

Sábado. Nueve de la noche. “¿No tenés un pucho, chico?”. Beatriz, de 62 años, está sentada sobre un cartón, con las piernas extendidas y las medias hasta los tobillos, por encima del pantalón. “No tenemos recursos, chico”, dice y se tapa la boca para toser. Es su segunda semana en la Recova. Tuvo que irse de la casa de su hija en Luján, provincia de Buenos Aires, y hace meses que busca trabajo de limpieza pero por la edad, cuenta, no la toman. Tose cada vez más. “Hoy lavé la ropa en el baño de un bar y me la tuve que poner húmeda, chico”. Al lado, Berta duerme tapada de pies a cabeza con una frazada, aunque algunos mechones de su pelo gris y esponjoso quedan descubiertos. Próxima está Petrona. Con una bolsa negra y dorada en la cabeza, como una corona, y rodeada de cartones, colchas desteñidas y retazos de trapos. Sólo se le ve la cara, hundida en su fortaleza, que mueve asintiendo cuando le preguntan si tiene frío. Ramón, escondido atrás de una columna para orinar, hace maniobras estrambóticas en su silla para no salpicarse. Se pone de un costado, después de otro. Vuelve al primero. No lo consigue. Regresa, hastiado, al lado de Petrona y con dos pequeñas lagunas en su pantalón.

Cecilia Zapata, investigadora del CONICET y del área de estudios urbanos del Instituto Gino Germani, explica que la crisis habitacional de la ciudad de Buenos Aires es algo histórico, pero creció exponencialmente a partir de la primera gestión del PRO en 2007: “Se realizaron recortes a programas de vivienda transitoria. Desde entonces, la política habitacional del gobierno es solo asistencial, no hay una solución definitiva.  Los paradores están colapsados y no respetan las dinámicas familiares. Hay paradores de hombres y mujeres, por lo que las familias deben dividirse”. Cecilia dice que ésta crisis hay que leerla en términos de capacidad de acceso: “Desde 1947 hasta la actualidad, la densidad poblacional de Capital Federal es, más o menos, la misma. Pero las personas en situación de calle y en villas de emergencia aumentaron exponencialmente. Además, el gobierno posee una medición muy particular en este tema: si una familia está en un parador por un determinado tiempo, no cuenta como situación de calle. ¿Y mañana dónde van?”. Zapata también explica que un factor más de ésta problemática, es la cantidad de inmuebles ociosos en la ciudad: “En lo que respecta a las viviendas particulares ociosas, se registraron más de 285.000 viviendas vacías, lo que representa el 20% del parque habitacional de la Ciudad de Buenos Aires”.

El Observatorio del Derecho a la Ciudad, organización que atiende las problemáticas urbanas de Capital, explica que en las “políticas integrales” del Gobierno no existe un área que coordine de forma integral los derechos y necesidades de las personas en situación de calle. La principal política en relación a la vivienda, afirma, es la entrega de subsidios habitacionales por diez meses. Luego, las familias deben volver a la calle.

Lunes. Son las tres de la mañana y la luz blanca y clara que iluminan los faroles de la Plaza Miserere, se pierde entre las columnas que custodian la Recova. A partir de ahí, la luz se vuelve naranja y opaca para, finalmente, convertirse en una sombra que cubre a sus huéspedes, de punta a punta. Todos duermen. Justo en el medio, un cartel luminoso del Gobierno de la Ciudad invita a relajarse: “Vamos a desconectar. Vamos a disfrutar de la ciudad” y de fondo la foto de un dj hipster sonriendo y tocando en el subte. A las siete de la mañana, los huéspedes se levantarán para que los locales abran. Doblarán sus brazadas, levantarán sus bolsas y deambularán por el barrio o la ciudad. Pero a las ocho de la noche, volverán. Con cucarachas en los pies. Con sábanas de cartón. Por más que busquen, no hay otro lugar a dónde ir. La maldición, dice Berta, la maldición.

 

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