A finales del siglo XIX, el barrio de Constitución contó con una "Gran Rocalla", la enorme gruta de diez metros de altura con aspecto de un ruinoso castillo emplazado sobre un lago artificial. Historia de una moda europea que costó mucho dinero y, desde el vamos, provocó polémica, burlas y críticas.

Por Jorge Quiroga*

El proyecto de la Generación de 1880 apuntaba a que la Argentina fuera el granero del mundo, insertándose así en la división del mercado mundial de esos años como proveedor de materias primas. Se postergaba de esa forma cualquier intento de desarrollo industrial. El plan era integral y comprendía -además de sus implicancias económicas- aspectos político-sociales, que delinearon la estructura que buscaba la llamada “República Oligárquica”. Entre otras cosas,  Buenos Aires se transformaría de Gran Aldea en gran metrópoli, capaz de absorber al aluvión inmigratorio europeo. Los ferrocarriles se construían con capital inglés y confluirían hacia el puerto con el objetivo de enviar productos del campo a los países centrales. Esto iba acompañado por la construcción acelerada de la ciudad pomposa (palacetes, residencias y grandes edificios de estilo francés o italiano) destinando el resto a los pobres, inmigrantes o nativos, que habitaban miles de conventillos.

La transformación urbana cambió de forma contundente el paisaje. Nuestro barrio fue señorial pero, a la vez, siguió también poblado por sectores populares: los dos rostros se alternaron en su perfil e identidad. Torcuato de Alvear, primer intendente designado por el presidente Julio A. Roca, fue quien proyectó los rasgos de la urbe propuesta por la oligarquía. Dicen Mario Rapaport y María Seoane: “Durante la gestión de Torcuato de Alvear, los recursos estilísticos franceses aparecieron de la mano de profesionales extranjeros, los italianos Juan A. Buschiazzo y Francisco Tamburini en obras públicas, y el francés Ulrico Courtois en parques y paseos. Así que surgieron jardines elaborados, con la incorporación de elementos arquitectónicos, uso profuso de aguas, amplios espacios de césped, monumentos y obras de arte de significación histórica y estética”.

La remodelación de la plaza Constitución en 1885 reemplazó definitivamente la parada de carretas. Tiempo después se construyó la “Gran Rocalla”, la gruta que era una enorme mole de diez metros de altura, con aspecto de un ruinoso castillo emplazado sobre un lago artificial lleno de puentecitos, de moda en Europa. Desde el vamos provocó polémica, burlas y críticas. En 1888 se terminó y costó al erario público cien mil pesos. Duró veintisiete años, ya que en 1914 se demolió debido a los trabajos que demandó el subterráneo Retiro-Constitución.

Durante un largo tiempo nuestra plaza tuvo una gruta, una figura fantasmagórica, lugar encantado y misterioso. El poeta Raúl González Tuñón, que vivió en el barrio en su infancia y pubertad, recuerda que cuando era niño iba a la plaza y se metía en ella. Ahí los pibes jugaban a la búsqueda del tesoro encantado. Niños y gatos -los segundos alimentados pacientemente por los vecinos- la disfrutaron, junto con los ladrones que se escondían en ese adefesio urbano que nunca fue del agrado de los habitantes del vecindario. Ese gran mamarracho perduró en la memoria de los porteños de esos lejanos años. Constitución tuvo gruta, un edificio desvencijado y memorable que atraía a los paseantes y que se perdió en el tiempo. Constituía un aspecto de la ciudad que contrastaba con las experiencias vividas por los sectores inmigratorios y populares. Imagínense cruzar la plaza y encontrarse con tal torre, seguramente el poblador de Buenos Aires se vería transportado a un paisaje exótico que lo impactaría de tal modo que ya no sabría dónde estaba.

*Junta de Estudios Históricos del barrio de Constitución