En un país donde la brecha salarial entre mujeres y varones es de un 27% a favor de estos últimos, es necesario reflexionar acerca de las posibles consecuencias de la reforma laboral propuesta por Cambiemos en perspectiva de género.

En Argentina, siete de cada diez personas pobres son mujeres. Según la Encuesta Permanente de Economía de Hogares realizada por el INDEC (que abarca todo tipo de ingresos y no solamente los salarios formales), entre la población con menor nivel de ingresos en el país, las mujeres son mayoría.

Frente a la coyuntura actual que refleja un gran cambio económico y en base a la nueva reforma laboral impulsada por Cambiemos, nos proponemos leer el mapa laboral en clave de género para analizar cómo, a pesar de los años,  la desigualdad nos sigue atravesando.

No poco se ha hablado en este último tiempo sobre la reforma laboral que impulsa el actual gobierno. Paradójicamente, entre tejes y manejes sindicales, negociaciones y pujas de poder, es poco lo que los trabajadores y las trabajadoras sacamos en claro de la medida.

A grandes rasgos, según un informe del CEPA (Centro de Economía Política Argentina), la reforma impulsa una paridad de derechos entre el empleador y el empleado, con una visión liberal del trabajo. Se  promueve el “blanqueo” de empleados, a cambio de condonar infracciones anteriores y se reduce la cantidad de aportes que deben hacer las empresas sobre sus trabajadorxs.

Sin embargo, en un país donde los salarios formales de las mujeres son un 27% más bajos que los  de los varones, es necesario repensar en qué punto pueden afectar a la reforma laboral propuesta por Cambiemos en perspectiva de género.

El gobierno se escuda en el discurso de la meritocracia. Éste supone algo así como que aquel que es pobre lo es porque no se ha esforzado lo suficiente para no serlo. Este argumento es tan ilógico como contradictorio.  Aunque el presidente haya dicho que “todos tenemos que ceder”, la falta de movilidad social merece un análisis más profundo, atravesado por la cultura, la clase, la educación y claramente el género.

¿Cómo debemos reaccionar las mujeres a una medida que perjudica a todxs lxs trabajadorxs cuando partimos de un escenario claramente desfavorable? ¿Qué debemos hacer frente a un panorama que recrudece si de por sí estamos en desfasaje a la hora de insertarnos laboralmente? ¿Cómo sobrevivimos en un ámbito que nos exige más y se nos remunera peor cuando los fenómenos femeninos -embarazo, menstruación, lactancia- terminan siendo factores en contra de nuestro desempeño laboral?

Las penas son de nosotrAs, las vaquitas son ajenas

En la Argentina el 50% de la población gana menos de 10.000 pesos y el 30% de este grupo está compuesto por mujeres.

La diferencia de género se acentúa cuando hablamos de los sectores más bajos  Entre el 10% de la población que cobra menos de 100 dólares al mes hay el doble de mujeres que de hombres y 20% de la población femenina total cobra menos del valor de la canasta básica alimentaria, mientras que en los varones el porcentaje es casi de la mitad.

Lejos de buscar revertir estas cifras, los recortes en las asignaciones universales, el cierre del Plan Qunita, y otras medidas tomadas por el gobierno empeoraron la situación económica de las mujeres en estos últimos dos años.

Frente a esto, se han quitado las retenciones al Agro (en diciembre del 2015)  y a las mineras (en febrero del 2016), dos sectores básicamente masculinos tanto en sus dirigentes como en sus trabajadores.

A la realidad económica solo la recrudece la social: aunque en la mayoría de los hogares las tareas domésticas son realizadas por las mujeres, éstas no son remuneradas cuando se trata del hogar propio y aún difícilmente son consideradas como trabajo.

Esto se contradice a la lógica de la meritocracia, ya que si las mujeres deben ocuparse de las tareas domésticas tienen menos tiempo para realizar un trabajo remunerado, o si tienen las mismas jornadas laborales que los hombres recibirán aparte las demandas domésticas.

Más difícil parece ser aplicar el concepto esfuerzo-ganancia cuando se trata de embarazos adolescentes o jefas de familia en los sectores menos beneficiados de la sociedad. La ausencia casi total de programas de contención dentro del ámbito escolar y la escasez de instituciones laborales con guarderías hacen que la reinserción laboral sea casi utópica sin la ayuda de algún familiar. En caso de lograrlo las mujeres pasan a cumplir roles laborales típicamente feminizados, servicios de limpieza, mantenimiento del hogar, niñera o enfermera, que suelen ser las profesiones peor remuneradas.  En el caso de que la mujer no logre insertarse en el mercado formal queda relegada al trabajo informal o ambulante, sin aportes, obra social, ni sindicato que la ampare.

A esta situación desigual se suman ciertos gastos propios de las mujeres. Según la campaña #menstruacción, liderada por el grupo Economía Feminista, una mujer paga en promedio entre 700 y 1200 pesos al año entre toallas femeninas, tampones y protectores diarios. La falta de estos productos puede producir en los sectores más vulnerables la ausencia en los ámbitos escolares o laborales. A pesar de eso el gobierno no ha accedido a quitarle el IVA a dichos productos, generando un círculo vicioso donde siempre se ve afectado nuestro capital.

Políticamente incorrectas

Los puestos de poder siempre fueron espacios complejos para el acceso de las mujeres. Si bien nuestro país fue pionero en la implementación de un cupo de mujeres en la Cámara de Diputados en  1991, hay ciertas diferencias de género que perviven en la política. Luego de las elecciones legislativas del pasado 22 de octubre quedó definida la conformación del gabinete para el año próximo.

Según Economía Feminista: “Las mujeres representan actualmente un 38,91% de la Cámara de Diputados y un 41,67% del Senado. En la próxima conformación, la cifra caerá al 36,58% en el primer caso y al 40,28% en el segundo”.

Esta tendencia parece generalizarse en América Latina. Frente a un mapa donde en el 2013 llegó a haber simultáneamente cuatro presidentas en países de América Latina (Argentina, Chile, Brasil y Costa Rica), hoy sólo la primera mandataria de Chile ocupa ese puesto y su mandato está pronto a terminarse.

Según el Departamento de Información Universitaria, 60,5% de los egresados de carreras de grado en universidades públicas y 61,3% de las privadas eran mujeres en el año 2015. Lejos de tratarse de cuestiones aptitudinales, sólo el 4% de las mujeres ingresa a los puestos de mayor reconocimiento económico como líderes empresariales, según lue Consulting.

En muchos casos los empleadores parten de la idea de que las mujeres son menos rentables. Las posibles licencias por maternidad (a pesar de que el ANSES cubre los costos en los casos de relación de dependencia), la necesidad de trabajos más flexibles para hacerse cargo de las tareas domésticas y maternales se suelen ver como gastos “evitables”. Sin embargo, este cálculo se basa en el paradigma de que la mujer siempre aspira a tener hijos y dedicarse al hogar en vez de apostar a su carrera profesional. Pensamiento totalmente opuesto a las aspiraciones de muchas.

Castillos de humo

La reforma laboral contempla un único ítem que podría generar un beneficio secundario en la situación desigual entre mujeres y hombres frente al campo del trabajo.

Según el proyecto de Ley, la licencia por paternidad pasaría de ser de dos a quince días.

Esta medida -lejos de ser un cambio estructural- parece un parche para asemejar inclusividad en la  reforma. Aparte de tratarse de la modificación de un plazo irrisorio, no se tienen en cuenta otras medidas que afectan la desigualdad entre la maternidad y la paternidad.

Según datos del INDEC, las mujeres dejan de participar en el mercado laboral cuantos más niños o niñas tienen y la diferencia entre la participación laboral de varones y mujeres aumenta en cuanto se compara entre varones y mujeres sin y con hijxs de 15% a un 33%.

Frente a este panorama, es una tarea colectiva generar un ámbito laboral inclusivo que deje de pensar la desigualdad de género como un debate saldado. A pesar de que las mujeres hemos entrado en el ámbito del trabajo remunerado las diferencias siguen vigentes, ni hablar de las disidencias sexuales que se encuentran frente a un panorama totalmente desalentador con una ley de cupo trans incumplida y estancada. Somos las mujeres las que debemos romper estos esquemas. Si los hombres son aliados y nos acercan la escalera, mejor, sino, seremos nosotras solas las que con esfuerzo y a punta de martillo romperemos los segregadores techos de cristal.