Quien escribe estas líneas se propone desandar la construcción machista arraigada en los medios televisivos y cinematográficos, analizando el fenómeno de opinólogos y la disputa de sentido que se vuelca sobre el tablero al momento de tratar los distintos casos de abuso, tortura, violación o asesinato en los que se ven involucrados distintas celebridades y/o personajes de la cultura popular.

Vivimos en un mundo narrado por el relato audiovisual, lo vemos en todos lados: noticieros, cine, internet. En una época atravesada por la sobrecarga de imágenes, nos acostumbramos a las redes sociales y a la comunicación virtual, a crear personajes, perfiles, usuarios, maneras de presentarse a la sociedad. Pero es sobre todo el formato que más usamos para narrarnos a nosotrxs mismxs; subir un video en cualquier red social implica construir un pedacito de discurso, un recorte de realidad que elegís mostrar, y esa elección -aunque no siempre sea tan premeditada conscientemente- jamás es inocente. Como cualquier discurso, denota siempre un punto de vista, una manera de comprender el mundo, una ideología. También nos acostumbramos a tener como referencias figuras de “famosos” que queremos o forman parte de nuestra cotidianeidad. Vemos sus caras en las pantallas, escuchamos su voz y sus historias, empatizamos con ellxs o lxs odiamos, y llegamos a sentir que lxs conocemos mejor que a muchxs de lxs que nos rodean. Dentro de esta coyuntura, el glamour de las pantallas y el reconocimiento popular permiten ocultar los abusos de poder.

Hace años que la industria televisiva y cinematográfica imponen modelos estereotipados y naturalizan ciertas conductas dentro y fuera de los sets. Hollywood es una de las industrias más grandes, poderosas y manipuladoras pero, por sobre todo eso, la que constitutivamente se basa en ser vista y escuchada. Cada película, serie, corto, la música, el diálogo, los personajes, los actores, la pre y post producción; cada porción de las superproducciones dice mucho más de lo que enuncia.

Aprendimos a pensar  el mundo como una película y muchas veces intentamos adaptar nuestra vida a esto. Estamos acostumbradxs a personajes femeninos sumisos que esperan ser “rescatadas” o “completas” por su coprotagonista, el personaje masculino dominante y dueño de “la verdad”.

Sin embargo, en este último tiempo algo está cambiando lentamente. Ya son más de cien las mujeres que sumaron sus voces para tirar abajo a uno de los productores más poderosos de la industria hollywoodense, aunque fueron no más de trece las que empezaron esta ola de justicia contra los Harvey Weinstein’s del mundo occidental. Este caso habilitó a muchos de aquellos que fueron víctimas del abuso de poder y creían que sus voces no eran lo suficientemente fuertes para contar sus experiencias.

A nivel local vivimos una realidad no muy alejada. El argumento de ésta sería algo así: Argentina ocupa el quinto lugar en el ranking de femicidios, una mujer muere cada 26 horas en nuestro país y en la mayoría de los casos el crimen es cometido por un hombre de su círculo íntimo. Ya sabés para dónde va la historia, conocés estos datos.

Afortunadamente, el fenómeno de viralización por redes de situaciones de abuso, acoso o encubrimiento conocido como “escrache” se está dando fuertemente y son cada vez más los varones violentos vinculados a estas prácticas en nuestra realidad geográfica. Ya no hablamos sólo de los mainstreams, hablamos también de esos que eligen mostrarse llevando la bandera del feminismo. Es lamentable, pero la cultura under o alternativa argentina está repleta de ejemplos de este tipo. Muchos porque tienen impunidad como figuras públicas, avalados por un sistema que siempre los ha protegido, otros porque entienden que cuando se genera admiración muchas cosas suelen perdonarse fácilmente en la cultura popular.

Hace semanas cayó Ari Paluch, después el tuitero/periodista El Faco, también el reconocido poeta del slam Sagrado Sebakis, y la lista sigue y sigue. Cada caso es distinto y presenta sus propias complejidades, pero en todos se emiten opiniones que dejan entrever la problemática cultural que presenta la sociedad con respecto a muchas de estas cuestiones. Como suele pasar en internet, cientos de personas emiten opiniones gratuitas y no son pocxs lxs que apresuradamente cuestionan la versión de las víctimas.

Pero la circulación de estas atrocidades también genera este encuentro entre distintas mujeres que se encuentran en el relato de otra cuestionando sus  propias prácticas cotidianas. A veces las viralizaciones generan despertares que van más allá del caso particular que se expone, funcionan como disparador para destapar los tabúes y sentar precedentes del accionar violento.  En todos los casos sirven como posibilidad de enfrentarse con algo de lo que no se puede hablar en otros espacios históricamente amurallados, herméticos. Sirve como primera instancia para que quede constancia, sirve para exponer y luego poder seguir avanzando de la manera pertinente.

El escrache es entonces una herramienta que surge en un contexto en el que se necesita buscar instancias nuevas para exponer casos que el sistema niega. Callar también es negar, es avalar que se reproduzcan maneras de hacer -y de ser- que dañan a otrxs, es cuestionar la historia de la víctima porque resulta más fácil no creer que ese actor que tanto querés sea un abusador y un perverso. Es más fácil creer que los ídolos, aquellos que consiguieron un lugar de privilegio en los medios y cuyas voces suenan más fuerte, tienen la posta. Es más fácil tildar de mentira a una verdad incómoda.

El escrache nunca es algo fácil, placentero o disfrutable. Hay que tener mucho ovario para enfrentarse no sólo con la realidad de una situación dolorosa, sino también exponerla y exponerse una misma a que eso que viviste y tanto te hizo sufrir de pronto se haga público y se forme una catarata de opiniones.

Requiere mucha fuerza, valentía y sobre todo muchas ganas de aportar a que las cosas cambien.  Significa abrir heridas y luchar contra una “normalidad” que nos limita y nos duele.

Por todo ese coraje y esa lucha, brindamos. Por las escrachadoras que no
sólo no se rinden frente al monstruo aterrador de un sistema armado hasta los
dientes para que parezca más fácil callarse; sino que en el propio acto nos
demuestran que el monstruo es grande pero no invencible.

Si tu feminismo molesta, vamos bien hermana.