La complicidad machista es más común que la birra , más popular que Los Redondos y más pasional que el fútbol. Es intelectual, rockera, cumbiera, juega al rugby o toma mate. Es de izquierda o de derecha. La complicidad machista es una ley tácita, un carnet que te dan cuando nacés hombre y heterosexual, y que tenés que hacer valer cada vez que te reunís con uno o varios miembros del club. Así funciona la membresía: si no cumplís, te la sacan.

 

– Che. Seba se la lastra no?

– No, ni ahí. No sabés cómo garcha Seba.

– Es entrenador de voley y está rodeado de minas en shortcito. Se tiene que atar la pija para no hacer cagadas.

– Para mí se la come.

– No boludo. Y si no preguntale a tu novia si le gustó el sábado pasado.


Las frases retumban en mis oídos como el eco de los cohetes. Es Nochebuena y -más por compromiso que por motus propio– un grupo de cuatro varones en cuatro ruedas con cuatro puertas accedió a llevarme casa- . En el auto las risas duran menos que el parpadeo del semáforo de Juan B Justo. Del quórum presente parezco ser la única a la cual las palabras le calan. Los comentarios prosiguen: risas, tetas, chupadas, burlas, cuerpos. Se repiten como la mesa navideña de todos los años: vitel toné, vino, pollo, helado. No es la primera vez que presencio esta coreografía sincronizada.

Trato de dejarlas pasar, quiero que las palabras se consuman en el viento, como las estrellitas que prendí hace un rato. Pero no lo logro, las palabras me rememoran otras escenas donde conocidas y amigas hablan (sin tanta gracia ni soltura) de situaciones sexuales. Cuando el auto dobla por la Álvarez Jonte lo veo venir, la frutilla del postre, uno hace el comentario reglamentario ostentando el porte de su miembro. La secuencia me sorprende menos que los regalos de mi tía. Por suerte nos toca la onda verde.

La complicidad machista es el juego preferido del patriarcado: existe -con diferentes niveles y versiones- en todos los estratos sociales, ámbitos y edades. La complicidad machista es más común que la birra , más popular que Los Redondos y más pasional que el fútbol. Es intelectual, rockera, cumbiera, juega al rugby o toma mate. Es de izquierda o de derecha. La complicidad machista es una ley tácita, un carnet que te dan cuando nacés hombre y heterosexual, y que tenés que hacer valer cada vez que te reunís con uno o varios miembros del club. Así funciona la membresía: si no cumplís, te la sacan.

La complicidad machista respalda cada acción denostativa hacia la mujer. Actúa en el ámbito personal, social y  político. Es la red de trapecio que asegura que, sin importar la altura ni la fuerza del impacto, ningún hombre va a desnucarse en una sociedad patriarcal. La complicidad machista permite que Maxi López envíe audios insultando a Wanda Nara y no peligre ni su fortuna ni su trabajo, que Cacho Castaña diga que hay que relajarse y gozar de una violaciòn y aún esté en veremos si se le quita el título de ciudadano ilustre. Que Juan Darthes siga protagonizando una inocente novela de adolescentes luego de las denuncias de acoso hechas por Calu Rivero, y que Facundo Arana sea un sujeto centrado y sensato que prefiere cuidarse del extremismo del feminismo fundamentalista.

La complicidad machista genera un sentido común, el que se ríe de las declaraciones de Carlos Tevez cuando dice que tuvo que llevar a su hijo al barrio porque estaba a esto de “doblar la muñeca”. El que se divierte con las fotos hot que filtra algún ex. El que avala el acoso callejero. El que relativiza las ideas de las mujeres políticas focalizando más en su cuerpo que en su opinión

En el mundo de la complicidad machista el feminismo es el único fundamentalismo que predica la libertad, el único nazismo que no mata, la única doctrina que respeta y la única secta que incluye. En el mundo de la complicidad machista, el hecho de que una mujer decida sobre su cuerpo la convierte en una extremista radical pero que el intendente de Mar del Plata proponga enviar a una chica bonita para atraer inversores no nos hace dudar de su propia capacidad de generar una economía sustentable.

La complicidad machista no es solo ese auto, ese comentario, esa bronca que me surge ahora y se confunde con la náusea del empacho post Nochebuena. La complicidad machista es un entramado complejo, una infraestructura arquitectónica, una maquinaria  de tensores y resortes que pocos, muy pocos hombres se animan a cuestionar ni siquiera cuando -en el mejor de los casos- le genere ruido.

Me bajo del auto confundida, borracha, triste. Los cuatro sujetos en las cuatro puertas con cuatro ruedas arrancan y solo dejan una estela amarga y el humo del caño de escape. Pienso en cuánto tiempo nos llevará desarmar esas formas. Subo la escalera y me esfuerzo por embocar la cerradura. Estoy a salvo. De este lado las redes del machismo no pasan.