El 13 de diciembre bajo un cielo opaco de nubes, la Gendarmería embistió con gases lacrimógenos y balas de goma a los manifestantes que quisieron poner una carpa blanca en 9 de julio. En una semana de tensiones El Grito del Sur se reunió con Jessica y Johana, vecinas y compañeras del frente de géneros de la organizaciòn “La Poderosa” para conocer en primera persona aquello que llaman feminismo villero.

Johana Ibarrola vive en la Villa 31 en Retiro desde que nació. Jesica Azcurraire en la villa 21-24 de Barracas, que está pegada a Zavaleta, un espacio postergado al sur de la Ciudad ambas son parte de la agrupación la poderosa. La poderosa tiene más de 57 asambleas en el país y otras en diversos sitios de Latinoamérica. Siendo su brazo literario ‘La garganta Poderosa’ en cuyas páginas se intenta difundir la voz de los barrios más bajos. Un discurso que siempre existió aunque pocos lo quisieran escuchar.

Jessica y Johana hablan y militan de y desde el feminismo villero, un feminismo muy diferente al de los libros, que se forja día a día entre la chapa y el barro. Entre la falta de cloacas y la necesidad de rebuscarselas para tener la cena.

“Entrar al barrio y decir ¨vamos a militar géneros¨ es difícil. Quizás buscamos la excusa para juntarnos, para encontrarnos. Qué es el género, por qué lo militamos, eso fue surgiendo después” explica Johana.  “Los primeros encuentros se daban mate de por medio, en asamblea. De ahí hicimos un taller para construir muebles con pallets. Ese proceso estuvo bueno porque se acercaron un montón de mujeres. Vimos como las vecinas construían cosas para sus propias casas”.

En el  barrio el empoderamiento de la mujer cuenta con otras realidades y estigmas. “Las mujeres no tienen dónde dejar a sus hijos para ir a trabajar porque no hay jardines maternales. Esa es una de nuestras banderas en cada marcha. Yo con dos nenes tuve que salir a trabajar y pedirle a la señora para la cual trabajaba en la casa de familia si los podía llevar. Tuve la oportunidad de hacerlo, otras no la tienen”, dice Jessica

El frente de géneros de La Poderosa en el Barrio Zavaleta surgió en 2015. Aunque a partir del fenomeno de ni una menos las vecinas habían comenzado a juntarse, fue luego del femicidio de Mica Gaona, el primero que se conoció en el barrio, que comenzaron las asambleas y mateadas de manera más sólida y frecuente. A partir de estas reuniones surgieron redes de trabajo y sororidad. Tiempo después la fuerza comunitaria tomó forma: las vecinas se organizaron para fundar una cooperativa de estética con el nombre de Mica Gaona cuyo slogan es “Al patriarcado le pintamos la cara”

“La idea de la cooperativa  entonces fue tratar de generar nuestras propias herramientas y hacer que la voz de las compañeras se escuchara”– cuenta Jessica. “Cargamos con la estigmatización constante. En el inconsciente colectivo las compañeras del barrio lo único que hacemos es ser empleadas domesticas: de ahi no nos bajan y no nos suben tampoco. En la cooperativa el empoderamiento se dio vecina con vecina, compañera con compañera. Costó mucho porque es difícil dejar a tu pibe con tu marido, para irte un a un taller de géneros”.

Las compañeras no lo dudan y lo afirman con convicción: la violencia de género no se puede disociar de la violencia institucional. “En el barrio no hay un solo caso de violencia de género que no esté atravesado por múltiples violencias institucionales o de clase”. Es muy simple y está a la vista: la violencia de género atraviesa todos los estratos sociales, pero la termina pagando más caro siempre la mujer pobre y villera. Es moneda corriente que muchas mujeres no se atrevan a separarse de sus parejas por cuestiones económicas también naturalizó la violencia laboral hacia la mujer, donde gana menos que el hombre por la misma tarea, sumado numerosas situaciones de violencia psicológica, verbal y física.

Jessica tenía 16 años cuando dio a luz a su primer hijo. A los médicos no les importó que  necesitara una cesárea. Por tratarse de un procedimiento menos costoso decidieron forzarla a un parto natural. Terminó desgarrada. “En la habitación mientras mi familia me estaba fotografiando apareció la enfermera y dijo: “pero ¿para que le sacan tantas fotos? Si el año que viene vas a estar acá de vuelta”.

“Los medios Reproducen el discurso de que las pibas tiene hijos porque quieren cobrar la asignación. Hay mujeres que por decisión propia no quieren tener hijos, y hay otras que no tuvieron educación sexual, ni de salud, ni les enseñaron cómo cuidar su cuerpo. Por eso con los talleres construyen desde ahí, desde la información y el empoderamiento. Se le trata de dar herramientas.” Luego de este episodio Jessica decidió terminar la secundaria y realizar el curso de enfermera para que ninguna chica más tuviera que pasar por lo mismo.

Luego de una hora y media el bullicio en las calles se apaga. Jessica y Johana se apuran: hoy juega Independiente y quieren llegar a ver el partido. Prometen que volveremos a encontrarnos, el 8 de marzo del año que viene, fecha en la que planean inaugurar la casa de la mujer en la Villa 31, un espacio que consiguieron luego de largas negociaciones con las comisión de urbanización.

Las entrevistadoras y las entrevistadas nos perdemos en las calles del microcentro, todas con la misma sensación: nada de la lucha fue en vano.