Gobiernos, empresas e individuos accionan en función de un probable horizonte financiero con menor liquidez disponible. China se anota entre estos, aunque un evento singular generó ayer sospechas y especulaciones vinculadas con lo coyuntural.

Un informe de Bloomberg levantó la temperatura en los mercados de deuda durante la jornada de ayer. La agencia de noticias supo de distintas fuentes que funcionarios chinos encargados de la administración de divisas recomendaron al gobierno desacelerar o interrumpir las compras de títulos de la deuda estadounidense. Los agentes económicos reaccionaron temporalmente en los mercados vendiendo bonos y elevando sus rendimientos a máximos no vistos desde marzo, aunque la jornada de esos títulos públicos en Wall Street cerró finalmente sin grandes cambios. Desde Beijing, la autoridad oficial encargada de la administración de divisas hoy desestimó esa información.

No obstante, China debe compartir algunas preocupaciones con otros tenedores de bonos del Tesoro de Estados Unidos. Con el objetivo de desarmar burbujas especulativas, los bancos centrales de EE.UU., Inglaterra y de la Eurozona están convergiendo lentamente hacia políticas monetarias contractivas y esa presión se traslada hacia los mercados de deuda soberana. En EE.UU., el Tesoro y la FED (su banco central) mantienen un consenso básico: el primero tolerará la suba gradual en las tasas de interés que el segundo ejecuta, y su consecuente efecto negativo sobre el costo de financiamiento del gobierno federal, siempre que no tengan efectos demasiado recesivos sobre la economía norteamericana.

Muchos agentes económicos (públicos y privados) incorporan esos títulos en sus carteras y las administran en función de cómo el Tesoro y la FED van resolviendo ese equilibrio entre necesidades diferentes. Hasta ahora, los títulos públicos estadounidenses mantuvieron un precio estable y dieron buenos rendimientos, lo que no es poco: en un mundo financiero distorsionado por niveles de liquidez históricos, se anotan entre los pocos títulos públicos de países desarrollados que ofrecieron un rendimiento positivo y atractivo. Aunque las estrellas en el último tiempo fueron algunos títulos públicos de países emergentes como Argentina, un dato elocuente sobre las  burbujas infladas por la distorsión financiera actual.

Sucede entonces que el giro monetario que la FED viene realizando a cuentagotas desde diciembre de 2015 apunta a corregirla, y los agentes, atentos a un horizonte con menor liquidez, rearman sus estrategias en función de una paradoja: la misma economía que genera la confianza en esos bonos es también la que se apresta a enfrentar mayores dificultades por la suba de tasas. Empresas e individuos enfrentarán problemas para refinanciar deudas, lo que podría repercutir negativamente en los precios de acciones y de bonos (públicos y privados). Los agentes no están apostando en contra de la deuda de EE.UU., pero sí observan su economía con creciente atención. La agenda económica de Trump entusiasma a pocos y espanta a muchos.

China es uno de esos agentes y sus razones son grandes: posee 1.1 de los 20 billones de dólares de la deuda pública federal estadounidense, lo que a su vez representa un tercio de sus 3 billones de dólares acumulados en distintas monedas y títulos públicos y privados (vitales en la ingeniería cambiaria que sostiene el valor de su moneda, el yuan). Pero los márgenes que tiene para cobrar dichos bonos y reinvertir los dólares en otras inversiones son acotados; no puede liquidar grandes tenencias sin bajarles el precio y perder demasiado dinero en el proceso. A diferencia de otros tenedores, no tiene sencillamente la ventaja de no levantar (tantas) sospechas con sus operaciones bursátiles. He ahí porqué las mismas autoridades chinas desestimaron la información de Bloomberg.

Claro que no faltaron algunas especulaciones y teorías sobre el sentido de lo ocurrido. Como se explicó anteriormente en El Grito del Sur (ver aparte), la administración Trump viene estudiando el empleo de medidas arancelarias y sanciones en el comercio con China. No solo que el presidente no desactiva esa agenda, sino que en las últimas semanas dio algunas señales de actividad en la misma. Como medida de protesta, China habría respondido ayer con un globo de desinformación. Quizás como un recordatorio a Washington de que tiene alguna capacidad de daño sobre la economía estadounidense, aún si le fuera contraproducente. La coyuntura difícil que esa relación bilateral atraviesa da rienda suelta a especulaciones de este tipo.