Mientras el feminismo gana espacio en la TV, desde Clarín se busca ponerle cara de mujer al discurso machista más rancio y ortodoxo. Magdalena Tagtachian escribió sobre las "feministas alteradas" como no copadas, extremistas enojadas y sectarias. ¿Nuestro dolor es un defecto? ¿Se puede destruir desde adentro?

Feminista Alterada tiene dieciséis años y vive en Mar del Plata. Un día a la salida del colegio se le acerca un hombre y le ofrece marihuana. Ella accede a ir a su departamento. Allí, con él, hay un señor mayor. Entre los dos la drogan, la violan y la empalan hasta matarla. Uno de los agresores es hijo de un importante escribano de su ciudad y la familia contrata un  abogado que trabaja para el gobierno. Otro de los agresores, acusado de encubrimiento, obtiene la prisión domiciliaria para realizar un tratamiento por adicción que incluye talleres de teatro. La Junta Médica de la Corte Suprema, en base al dictamen de cuatro peritos, sentencia que es “altamente probable” que la joven haya muerto por inhalar cocaína y no existe posibilidad científica que pruebe su abuso sexual.

Feminista Alterada milita en el barrio hace años. El sábado a la noche va a bailar y al volver,  por las calles de Gualeguaychú, un desconocido la ataca y la viola. Su cuerpo es encontrado con rastros de ahorcamiento, semienterrado junto a la Ruta 12. Cuando cometió el crimen el atacante estaba en libertad condicional, y ya había sido condenado por dos violaciones previas.

Feminista Alterada tiene diecinueve años y vive con su hermana, quien hizo un gran esfuerzo paras sacarla de su casa. Cuando vuelve del baile el dueño de la vivienda que alquilan la viola en un baldío. Queda embarazada pero no lo cuenta, no se anima a decirle a nadie por el miedo a las represalias de sus padres. Disimula el embarazo en base a fajas y laxantes. Finalmente pare sola, en un baño, y cuando ve por primera vez al bebé recuerda la cara de su agresor. Mata a la recién nacida con un cuchillo. El violador es denunciado pero queda absuelto. Ella todavía cumple una condena de 14 años de prisión

Feminista Alterada es lesbiana. Desde su infancia en el barrio la cargaron por su aspecto y sus gustos, por su pasión por el futbol, por sus rulos. A los 13 años abandona su casa por los abusos del marido de su madre. El 16 de octubre del 2016, con cuarenta y dos años, sale de su casa en San Miguel. Es atacada por un grupo de hombres: la golpean le desgarran la ropa y la violan mientras le dicen: “Te voy a hacer sentir mujer. Forra, lesbiana”. Ella saca una navaja y mata a uno de los agresores.  Cuando la policía llega pone en duda su versión: “Qué te van a violar si sos tan fea”. Ella cae detenida. Sus agresores libres.

Feminista Alterada no tiene nombre, su identidad permanece reservada en algún expediente. La invitan a una fiesta por Facebook en una casa del barrio Seis Manzanas del alto de Bariloche, ciudad  donde vive. Cuando llega se da cuenta que no hay nada de festivo en el evento: un chico, ofendido porque ella lo habia rechazado, decidió tenderle una emboscada en grupo. Ese día la banda de adolescentes golpean y cortan a la joven que muere luego de ser internada en el hospital Ramón Carrillo. El caso apenas es relevado por los medios de comunicación.

No importa si Feminista Alterada se llama Lucía Perez, Micaela García, Romina Tejerina o Higui. No importa siquiera si Feminista Alterada tiene un nombre o es una NN. No importa si su marido la golpeará esta noche cuando empane mal la carne de las milanesas o si su tío abusará de ella el próximo domingo después del asado familiar. No importa si Feminista Alterada hubiera preferido hacer otra cosa pero tiene que prostituirse para darle de comer a tres pibes. No importa si feminista alterada va a Intrusos, escribe esta nota o no sabe leer. No importa cuán radicales y alteradas debamos ser para que esto no suceda más. Asi que Magda, por favor, cuidado, porque las palabras también duelen y al final, feministas alteradas somos todas.