El 14 de octubre de 1977, la primera movilización de organismos de derechos humanos, familiares y madres de desaparecidos, fue emboscada por la policía cuando presentaban un petitorio con 24 mil firmas. Reclamaban el paradero de los desaparecidos cuando fueron reprimidos, con un saldo de decenas de detenidos. Fue la primera vez que la dictadura tuvo en sus manos, presos, a referentes como Hebe de Bonafini y la monja Alice Drummond. El Grito del Sur reconstruyó lo sucedido ese día con el archivo de Familiares.

Graciela Palacios de Lois dedicó los meses mas duros de su vida a juntar buena parte de las firmas de 24 mil argentinos y argentinas, llegadas desde las cuatro esquinas del país, para dar un primer testimonio de los secuestros y las desapariciones ante la Junta Militar. Era octubre de 1977 y hacía menos de un año que su compañero, Ricardo Omar Lois, militante de la JUP y Montonero, había sido secuestrado por un grupo de tareas en la esquina de La Paz y Olazábal, en el barrio de Belgrano. Durante esos largos meses Graciela fue la sombra de Lilia Jons de Orfanó, madrina de su hijo y una de las fundadoras de Familiares de Detenidos por Razones Políticas y Gremiales, “Familiares”. La Liga Argentina por los Derechos del Hombre les había prestado un cuarto en sus oficinas de Corrientes y Callao, que fue también la sede de algunos de los primeros encuentros de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Allí aprendió a redactar habeas corpus, y allí mismo empezó a juntar las firmas de religiosos, periodistas, artistas y gente con capital simbólico que apoyarían con su nombre y apellido la primera declaración formal que recibiría la dictadura exigiendo el paradero de cientos de desaparecidos. El día elegido para hacerlo fue el 14 de octubre de ese año; el lugar, el Palacio del Congreso, controlado por la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL), un ápice administrativo de la Junta.

Las 24 mil firmas reunidas -de 5 mil familiares de la primera militancia de DDHH y otros 19 mil adherentes- acompañarían un petitorio que reclamaba por el paradero de un total de 571 desaparecidos, con nombre y apellido, y otros 61 detenidos que se sabía estaban en manos del Poder Ejecutivo. La presentación tenía que estar a la altura del trabajo realizado, por lo que Familiares decidió convocar a los más decididos a una marcha de apoyo. El petitorio con las firmas debía ingresar al Palacio de la mano de una comitiva de representantes, y una pequeña multitud debía custodiarla desde afuera, como testigo activo de lo que pudiera suceder. La marcha debía ser silenciosa, sin carteles, como una retaguardia. La decisión de no hacer ruido tenía que ver con el contexto represivo y las definiciones políticas y de método que Familiares iba perfilando a poco de andar. “Fue el año más duro de la represión y aún así, nosotros decidimos no ser clandestinos, porque nuestra apuesta era legalizar a los detenidos, obtener respuestas reales, juntar adherentes a la causa, aunque sabíamos que en cada esquina nos jugábamos la vida”, recuerda Graciela.

Así fue que Familiares envió primero una carta dirigida al sector “político”, civil, de la CAL, en forma de aviso. Pedían que una autoridad los reciba el 14. Hicieron varios intentos, pero como era de esperar, no tuvieron respuesta.

Llegado el día, los planes volaron por los aires. El ruido -y la furia- lo puso la dictadura.

A las 16.45 ingresó la comitiva de cinco personas, encabezadas por Emilio Mignone, de la APDH y que meses mas tarde formaría parte de la fundación del CELS. Los encargados de ingresar al Palacio hicieron tiempo en el café Los Angelitos, mientras el resto se juntaba por la zona para marchar. Graciela, que estaba entre los manifestantes, recuerda con humor que eran tantas las carpetas con las firmas, que tuvieron que conseguir varios changuitos de supermercado para poder trasladarlas. El boletín de difusión de Familiares lo cuenta así:

“Tal como fuera programado, los petitorios con las 24 mil firmas, encuadernados en dos voluminosas carpetas, fueron entregados por una comisión el 14 de octubre de 1977 al Palacio del Congreso. Luego de una gestión en la mesa de entradas, un miembro de la delegación fue recibido por un funcionario, quien manifestó no tener indicaciones de tal recepción ni haber recibido autorización para la entrega”.

Al destrato en el Palacio le siguió la represión en la calle.

La multitud, sin banderas ni consignas, fue emboscada en Rodríguez Peña entre Sarmiento y Perón (por ese entonces Cangallo), por policía montada y de civil. La desbandada fue total, pero no logró esquivar la cacería. Efectivos de la Federal pararon cuatro colectivos de la Línea 60 que pasaban por la esquina y hicieron bajar a los pasajeros a punta de pistola, mientras las corridas seguían. A esos colectivos hicieron subir mas tarde a los detenidos, que no pudieron eludir los gases lacrimógenos.

“Corrimos a mas no poder, fue la primera vez que sentí miedo de verdad, porque si caíamos no salíamos más. Yo me salvé de casualidad. Nos metimos en un salón de belleza de Rodríguez Peña con la monja Léonie Henriette Duquet, y vimos pasar los patrulleros detrás de la gente, y escuchamos los gritos de desesperación detrás de la vidriera, sin poder hacer nada. Fue terrible, es parte de las imágenes que nunca se borran”, describe Graciela.

Documento “Dia del Petitorio” de Familiares

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Fue la primera vez que la dictadura militar tuvo en sus manos y a su disposición, en calidad de presos, a un número tan importante de los primeros militantes de derechos humanos y de las primeras Madres de Plaza de Mayo. Entre las decenas de presos estuvieron Azuzena Villaflor y su hijo Pedro, Hebe de Bonafini, Nora Cortiñas, Beba Galeano y Alice Drummond. En el recuerdo de Graciela florece una conversación con Alice, la mañana siguiente:

“Los que zafamos fuimos derechito a la Liga, donde empezamos a detectar quiénes faltaban y pasamos la noche. Por suerte fueron todos liberados a la mañana. Nos volvimos a juntar todos en la Liga para corroborar que no faltara ninguno. Entonces me tomé el 26 con ella, porque íbamos para el mismo lado. En el bondi, hablando bajito, me cuenta que la policía ofreció liberar primero a las monjas, pero ellas rechazaron el ofrecimiento y exigieron quedarse hasta que no liberen al último detenido”.

Así fue, pero la inmunidad del sector religioso que acompañaba a familiares y madres se desmoronó apenas unos días más tarde, con los secuestros en la iglesia Santa Cruz. Las rondas de las Madres habían empezado en abril de ese año, como se sabe, y ya habían sido golpeadas y desalojadas a balazos varias veces, pero los grupos de tareas tuvieron que infiltrarles agentes de inteligencia para romper e identificarlas. Las Madres eran todavía muy celosas en la seguridad de sus encuentros, y fue recién pocos días después de la marcha que realizaron su primera gran asamblea constitutiva.

Entre los detenidos hubo además varios fotógrafos, todos ellos corresponsales de medios extranjeros: David Dow, de la CBS; Diana Page, de United Press; Gus Bono, del Wall Street Journal y Sally Chari, de la NBC, entre otros. La lista completa nunca pudo ser reconstruida. En eso coinciden los tres libros sobre la época que reconstruyen lo que pasó: La Rebelión de las Madres, de Ulises Gorini; la Biografía de Azuzena Villaflor, de Enrique Arrosagaray y Judas, de Uki Goñi. También hay una descripción general en el libro que editó Familiares para el festejo de sus 40 años en 2016.

Arrosagaray, en su libro, añade un dato de color: entre los detenidos hubo un sospechado de servicio que se hizo pasar por fotógrafo, Victor Lapeña. Lapeña había sido militante universitario, pero fue años más tarde parte del grupo que intentó una salida política con Massera. “¿Que hacía allí ese día?”, se pregunta Arrosagaray. La pregunta no fue respondida todavía y forma parte de los interrogantes sobre una época a la que todavía le quedan muchos cabos sueltos. La infiltración, de todas formas, da cuenta de los esfuerzos de la dictadura por contener la bola de denuncia y posterior memoria verdad y justicia que los organismos representaban y representan.

Foto archivo de Familiares

Parte de la reconstrucción de lo que pasó esa tarde quedó resumida a testimonios de sobrevivientes. Los documentos, fotos y demás registros de Familiares se perdieron durante un allanamiento de la dictadura en 1979.  Los diarios tampoco ayudan mucho: si bien fue la primera vez que en Clarín y La Nación se coló una información relacionada con la represión en dictadura, apenas le dedicaron un recuerdito de no más de 200 caracteres en sus ediciones del 16 de octubre. “Manifestación Disuelta” e “Incidentes frente al Congreso”, fueron sus respectivos títulos.

La descripción más detallada la dio el diario La Prensa, cuyo artículo aparece en el citado documento de familiares que reproducimos en esta nota. Dice así:

“Policías dispersaron ayer en las adyacencias del Palacio del Congreso a un grupo de personas que se reunieron en el lugar con el propósito de hacer entrega de un petitorio dirigido a la junta de Comandantes en Jefe en la cual se interesan como parientes por quienes están a disposición del Poder Ejecutivo o se desconoce su paradero. Minutos después de as 17, alrededor de 200 personas que se agruparon en el Monumento de los dos Congresos, distante a 50 metros del Palacio, comenzaron a desplazarse hacia las puertas del edificio, pero les fue cerrado el paso por personal uniformado y de civil, que desde momentos antes había tomado posiciones.(…). Acto seguido, las fuerzas policiales comenzaron a desplazarse obligando   los integrantes del grupo a internarse en la Rodríguez Peña (…). Allí fueron disparadas dos o tres granadas de gas lacrimógeno (…) Fueron detenidas algunas personas, cuyo número no pudo ser establecido”.

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“El hecho fue un hito en el movimiento de denuncia”, caracteriza Gorini en su libro sobre las Madres. Pero “pasaría mucho tiempo hasta que se repitiera”, en los 80. Para encontrar movilizaciones masivas de esa época hay que remontarse a las marchas de la Resistencia de Madres, inaugurada en 1981. También hubo presentaciones masivas de petitorios en el Congreso con la recuperación de la legalidad, de 1983 en adelante.

“El 77 fue un año terrible”, rememora Arrosagaray. “La represión estaba desatada, los grupos de tareas funcionaban en pleno. Ese fue el contexto de esa marcha, que sin duda fue la primera que reunió a todo el movimiento de Derechos Humanos y fue la primera represión a todos ellos juntos, sin contar las represiones que sufrían las Madres en La Plaza”, asegura.

Para el historiador, ese día desnudó una falacia. “Hay un dicho muy difundido que dice que los argentinos fueron cómplices del genocidio. No coincido. La dictadura asalta el poder con fabricas tomadas en Córdoba, que respondieron al golpe con paro y movilización. Que hayan juntado las firmas de 24 mil personas, con una marcha multitudinaria, es otra muestra mas de que hubo resistencia. Lo mayoritario fue el silencio, pero hubo resistencia”, relata.

El documento de familiares, en una de sus pocas definiciones políticas, dice: “La acogida del petitorio por los adherentes firmantes es también un reflejo, en la medida de las posibilidades a nuestro alcance, de la sensibilidad del Pueblo Argentino”.