El mundo entero está consternado por el asesinato de los tres periodistas ecuatorianos que realizaban una investigación sobre los hechos de violencia suscitados desde enero en la frontera con Colombia. Se sospecha que los autores de los crímenes fueron grupos disidentes armados de las ex FARC ligados al control del narcotráfico en la zona.

La libertad y el periodismo están de luto. Tres vidas que se inmortalizarán en varios discursos de pésame, resignación y esperanza. Una esperanza que se traducirá en el pedido de justicia y la búsqueda de respuestas por los crímenes de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. Los trabajadores del diario ecuatoriano El Comercio fueron secuestrados el 26 de marzo en la frontera Ecuador-Colombia, mientras realizaban una investigación sobre los actos de violencia suscitados aparentemente por un grupo disidente de las FARC, que no se acogió al Tratado de Paz (2016) y que estaría vinculado al narcotráfico.

Más allá del luto, de los responsables de esta tragedia, nos queda preguntar: ¿qué garantías hay para un periodista de guerra? No es un caso aislado, puesto que enciende las alertas a nivel mundial. Este asesinato a sangre fría, que se cobró la vida de tres inocentes secuestrados y utilizados para fines económicos, nos hace reflexionar más sobre el “mejor oficio del mundo”, tal como definió Gabriel García Márquez al periodismo. La garantía es solo simbólica, invoca al cielo y nos protege con un chaleco antibalas llamado “vocación”.

Walter Patricio Arizala Vernaza, alias “el Guacho”, es hoy el delincuente más buscado por las fuerzas armadas de Ecuador y Colombia. Fue guerrillero de las FARC y jefe del “Frente Oliver Sinisterra”, que habría optado por el camino del narcotráfico. Desde Quito y Bogotá se declaró “darle cacería” y militarizar la zona fronteriza donde se mueven sus hombres y donde se supone que estuvieron secuestrados los periodistas ecuatorianos. A “Guacho” se le atribuye no sólo el asesinato de Javier, Paúl y Efraín, sino también un atentado en la comisaría de la policía de San Lorenzo (provincia de Esmeraldas – Ecuador) el 27 de enero y la muerte de tres militares y 11 heridos ecuatorianos en Mataje (Esmeraldas) el 21 de marzo. En el marco de aquellos hechos, a finales de marzo llegaron los periodistas de El Comercio hasta la provincia fronteriza, sin pensar que sería el último capítulo de sus vidas.

Después de confirmarse la muerte de los secuestrados, Lenin Moreno, presidente de Ecuador, ofreció una recompensa de 100 mil dólares para obtener información sobre el paradero del líder del “Frente Oliver Sinisterra” y dispuso militarizar -junto al presidente de Colombia Juan Manuel Santos- las zonas fronterizas. El discurso de Moreno habla de “Ecuador país de paz”, pero ahora recurre a la violencia para terminar con el problema.

Los videos de supervivencia de los secuestrados, las negociaciones para la liberación, las estrategias militares de rescate, las fotografías de los cadáveres y hasta la ubicación de los cuerpos, no han clarificado la situación. Una falla militar en un operativo del 5 de abril, donde se habría capturado a la cuñada del acusado y a otros disidentes en plena negociación para intercambiar prisioneros a cambio de los tres comunicadores, sería el detonante de este triste final. Otra versión que se maneja es que nunca existió el deseo de liberar a los rehenes sanos y salvos, sino “ocupar” a las tropas colombianas y ecuatorianas y al mismo tiempo dejar un precedente y sembrar el miedo en los campesinos de la zona, los militares, las autoridades de ambos países y la prensa, para que no investiguen sobre el narcotráfico y no intervengan en los pueblos considerados “tierra de nadie”.

“Guacho” atribuye la responsabilidad a los dos gobiernos. Moreno y Santos acusan al ex guerrillero y se culpan con respecto al lugar del secuestro y del asesinato. Por un lado, las autoridades ecuatorianas dicen que el hecho sucedió en territorio colombiano. En Colombia dicen que ocurrió en Ecuador. ¿Existen en estos casos las fronteras? ¿Remediará en algo el dolor de las familias saber cuál fue el lugar donde fueron asesinados? Ahora la esperanza es esperar que la Cruz Roja Internacional encuentre los cuerpos para que las familias puedan despedirse.

En Ecuador hay tristeza, bronca, frustración e indignación. Sentimientos encontrados que se mezclan con los mensajes de solidaridad de varios países del mundo y organismos internacionales para la libertad de expresión y de los derechos humanos. Sin embargo, el caso empieza a avivar un sentimiento fascista: están creciendo las publicaciones donde utilizan a “Guacho” para sembrar el odio hacia los grupos revolucionarios de todo el mundo, por el solo hecho haber sido un ex miembro de las FARC. Las imágenes del vil asesinato impactaron de tal manera que también se pueden observar mensajes que aclaman por el proteccionismo y la intervención norteamericana en esta parte del continente, con el objeto de garantizar la seguridad y “erradicar” el narcotráfico.

Los tres cuerpos se hallan en algún lugar de la selva fronteriza. ¿Cuántas piedras tendrá la selva? ¿Cuántas piedras rasguñarían Javier, Paúl y Efraín antes de ser asesinados sin poder contar su historia? El futuro se vuelve más incierto y la pesadilla quizás ya terminó, pero el mundo del periodismo sigue consternado. La profesión sufre un riesgo permanente que no sólo se padece en Ecuador o Colombia; México registró el año pasado doce asesinatos de comunicadores, muchos de los cuales fueron atribuidos a cárteles del narcotráfico. Si bien cada día se hace más difícil hacer periodismo, no queda más que protegerse con el chaleco del amor a la vocación y salir a la calle para contar lo que está ocurriendo.